Proyectos sociales Oportunidades de transformación y participación



Cada proyecto es una oportunidad para la transformación de nuestro entorno y calidad de vida. Todos los proyectos, tanto los que son privados como los que no, cumplen con una característica en particular: comienzan en un punto A y terminan en un punto B, en el cual la situación inicial ha cambiado.


No es difícil imaginar que cuando pensamos en este proceso y este cambio lo hacemos esperando una mejora y un mayor bienestar social, económico y/o ambiental para nuestra comunidad o para la sociedad en general. No obstante, debemos ser cautelosos y responsables con aquello que ideamos y llevamos a cabo; puesto que el ideal de mejora es relativo a nuestro territorio, creencias y formas de vida (Rayas, 2011).


Si bien los proyectos sociales surgen para dar respuesta a necesidades sociales; ante una misma situación o problema pueden plantearse diversas formas de intervención. La realidad social es compleja; los problemas sociales responden a causas multifactoriales y producen consecuencias incomparables en diferentes contextos. Esto incrementa la complejidad de la intervención social (CEPAL, 2018).


En los procesos de intervención social, la naturaleza de los problemas, sus causas y sus consecuencias, están fuertemente determinadas por factores contextuales, de carácter socio ecológico, pero también psicosocial y de relacionamiento comunitario (Rayas, 2011). La respuesta a estos problemas sociales, que afectan a personas singulares, requiere de proyectos de intervención a medida, adaptados a las características de la comunidad y a su contexto físico y emocional (CEPAL, 2018).


Aquí no hay recetas. Por el contrario, se necesita capacidad de escucha, adaptación y creatividad. Esto no significa diseñar un proyecto social desde cero, sino más bien, se nos invita a considerar los saberes, sentires y capacidades de los individuos como base inspiracional para proponer soluciones a los problemas sociales complejos (Acumen, 2019). De ahí que, desde un inicio, la comunidad deba tener una participación muy activa en el proyecto, pues los ciudadanos/as son quienes conocen de forma cercana sus problemáticas y necesidades más sentidas (Baca y Herrera, 2016).


Si diseñamos proyectos sociales centrados en las personas comenzaremos con la identificación de un reto específico que se quiere resolver y pasaremos por tres fases principales: Escuchar, Crear y Entregar. Cuando escuchamos somos capaces de recopilar historias, anécdotas y elementos de inspiración que nos permitan empatizar con las necesidades sentidas por la comunidad que vive el problema. Pero, no es hasta el momento de recopilar lo escuchado, que identificamos oportunidades, soluciones y realizamos una implementación parcial pero concreta de nuestra idea. No obstante, es en la etapa de entrega en que llevamos a cabo nuestro proyecto y solución social, esta debe ser sostenible en todos los ámbitos y resiliente. Es por esto último en que el proceso no es lineal, sino más bien cíclico y se requerirá escuchar y evaluar constantemente (Bill y Mellinda Gates, 2015).


El diseño y operación de proyectos es un arte y una actividad emprendedora que combina estrategias, valores y acciones concretas para alcanzar los objetivos. Por todo ello, un proyecto jamás debería ser una actividad individual desarrollada por una persona de forma aislada, pues la idea es articular esfuerzos y construir alternativas en conjunto con la sociedad local, lo cual demanda establecer un diálogo entre los saberes de la comunidad y el conocimiento científico o profesional (Baca y Herrera, 2016).


El diseño y desarrollo de un proyecto social no es un proceso fácil, no es un proceso lineal, ni mucho menos un proceso solitario. Los grandes y buenos cambios se producen desde que pensamos y reflexionamos nuestro entorno y sus problemáticas de forma colaborativa, participante y vinculante.