Civismo y crítica: una defensa a la racionalidad

Por José Ignacio Mansilla I., Coordinador de Comunicaciones y Alianzas de Observa Ciudadanía.



Muchos de ustedes se preguntarán sobre que me motivó a titular, tal como lo hice, esta columna de opinión, y la verdad es que la respuesta no es simple. La mezcla entre civismo y crítica ya es un tanto explosiva y agregar a esa mezcla una defensa a la racionalidad, resulta, a lo menos, complejo. Sin embargo, iré por partes para aclarar cada punto de vista en su mérito.

En primer lugar, entendemos por “civismo” al comportamiento o, al menos, la preocupación, con respecto al cumplimiento y defensa de los deberes ciudadanos. Es decir, al respeto y promoción de las leyes que nos rigen y las instituciones que nos respaldan, contribuir al comportamiento correcto o adecuado de la sociedad en la que vivimos y procurar el bienestar -o por lo menos no dañar la integridad- de los miembros de la comunidad política en la que participamos. Por otra parte, entendemos por “crítica” a una opinión, examen o juicio que se expresa en relación a una situación, propuesta, persona u objeto. En general, las críticas suelen expresarse de manera pública con el fin de dar a conocer nuestras impresiones sobre algo o alguien de manera respetuosa -en principio- y, de esta manera, influir en el juicio o percepción que tienen las otras personas sobre lo mismo. A grandes rasgos, no parece haber relación estrecha entre civismo y crítica, pero la hay, aunque ésta sea tenue y, en realidad, profunda.

Para que una sociedad funcione correctamente o de forma adecuada pese a la diversidad de credos y aspectos morales o de costumbres que nos identifican particularmente, la libre expresión de las ideas debe ser, siempre y en todo lugar, lo más fidedigna a nuestro parecer – o sea, honesta-, que pretenda a la verdad – o que, por lo menos, busque alcanzarla-, y, finalmente, que se manifieste de manera respetuosa y clara. Estos aspectos no son menores al momento de manifestar nuestras opiniones en la esfera pública, pues resulta indispensable que toda crítica, con el fin de alcanzar la civilidad esperada, sea, por llamarlo de algún modo, constructiva, aunque la crítica en sí sea ácida o negativa. El motivo por el que esto es importante, radica, en primer lugar, por las características del propio lenguaje natural, que es altamente interpretativo y propenso a malentenderse. Como, en segundo lugar, y producto al primer punto, evitar confusiones públicas o, derechamente, mentiras, que puedan perjudicar el correcto y benigno desenlace de las situaciones que vivimos.

Teniendo en cuenta lo anterior, gran parte de nuestros problemas actuales son, en este sentido, comunicacionales. Pues, más de algunos, prefieren, en lugar de aclarar las cosas e iluminar un problema, contaminarlos con impresiones, sesgos y creencias que no son fieles a la realidad. Es de esta manera cómo se explica el florecimiento de fake news, pseudociencias y teorías conspirativas, entre otros engaños públicos y masivos. Sin embargo, la pregunta cae de perilla y es la siguiente: ¿por qué algunas personas, en apariencia criteriosas y bien formadas e informadas, caen en el juego de creer y difundir estas mentiras públicas y masivas? ¿Somos algunas personas irracionales? Y, es aquí, donde viene a cuento mi defensa a la racionalidad. Pues, resulta que hay mucho filósofo e intelectual público que defiende la idea de que el ser humano es profanamente irracional, cosa que yo, particularmente, discrepo. Por ello mi defensa.

Steven Pinker, catedrático de Harvard y experto en psicología evolutiva, lenguaje y cognición, en su última gran obra “Racionalidad” ensaya sobre estos temas. Básicamente, él se plantea lo siguiente: ¿cómo puede una especie que ha desarrollado vacunas para el covid-19 en menos de un año producir tantas noticias falsas, remedios de curanderos y teorías de la conspiración? Pinker, en este maravilloso ensayo, argumenta respaldándose en evidencia sólida, sobre porqué somos, en realidad, seres racionales, pese a que en ocasiones demostramos no serlo. Primero, desarrolla desde el punto de vista histórico, cómo nuestro raciocinio nos permitió sobrevivir como especie a las variadas y complejas amenazas a través del tiempo. Segundo, nos plantea la necesidad de escolarizar 6 materias que hacen de nuestra razón una herramienta útil para sobrellevar nuestras vidas. Estas herramientas de nuestro razonamiento son: la lógica, el pensamiento crítico, la probabilidad, la correlación, la causalidad y la toma de decisiones. En el libro habla de manera clara y oportuna sobre cada una de ellas, explayándose, en más de 300 páginas, sobre lo necesario que es aplicar lo que la especie a tardado en desarrollar estas herramientas conceptuales durante milenios.

Finalmente, quisiera concluir con lo siguiente: el ser humano es racional, aunque moralmente inestable. Dicho eso, los problemas morales no son iguales a los problemas sociales o científicos. Los dos últimos, para tratarlos y abordarlos, es necesario, más allá de las metodologías en cuestión, buscar entender y explicar hechos del mundo. No así, el primero, el cual juzga qué tan preferible o beneficioso son dichos hechos. Es complejo debatir apreciaciones y principios en base a hechos, sin duda, es más simple entenderlos y explicarlos. Sin embargo, y pese a que el engaño y la mentira sean moralmente indeseables, como consejo, siempre analicemos hechos. Pues, tal como decía Bertrand Russell: “…Cuando estés estudiando cualquier tema o considerando cualquier filosofía, pregúntate a ti mismo: ¿cuáles son los hechos? Y ¿Cuál es la verdad que esos hechos revelan? Nunca te dejes desviar, ya sea por lo que deseas creer o por lo que crees que te traería beneficio si así fuera creído. Observa única e indudablemente sobre cuáles son los hechos”.

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